martes, 12 de febrero de 2013

CAPITULO III: LA GUÍA


-¿Lacros tenía pena?, abuelo

-Él era un hombre que no demostraba muchos sus sentimientos, pero los tenía… pena era uno de ellos…

“Los puertos grises estaban frente a él. Desde lo alto del cerro que lo rodeaba se podían apreciar todas sus construcciones. En la costa, sobre las rocas, destacaba el “Bastón Gris”, el faro que le daba nombre a los puertos. Lacros no lo había visto desde su niñez.  Ahora se veía disminuido y agrietado por el aire salado. La base estaba llena de algas y las olas pronto lo echarían abajo.

-¡Mira, el “Bastón Gris”! – gritó Lacros emocionado desde la carreta del herrero.

-Si pequeño, el Bastón Gris nos guía – le dijo el herrero – Aquí tomaremos nuestro barco hacia la capital del Antiguo Reino, y allí Lacros, tu historia comenzará.

-Sí, Balum, y seré el más grande de los caballeros

-Debes ser fuerte Lacros – Dijo el herrero con algo de pena – Aunque tengas ocho años, debes ser el más fuerte.

Las calles no habían cambiado tanto. La gente parecía ser la misma. Aun tenía el olor a sal y pescado que recordaba. Detuvo el caballo junto al primer muelle, junto a una tienda recién puesta. Comenzó a mirar los barcos, buscando el “Sombra Espumosa”, pero no lo encontró. Dio una segunda mirada y comenzó a pasearse por los muelles. Les preguntó a varios marineros por el barco, pero la mayoría solo lo miró sin respuesta.

-Muchas cosas raras han aparecido por los puertos últimamente – Dijo uno de los pocos que respondió – Hombres hablando sobre bestias marinas que hunden barcos, dragones que vigilan las cosas, jinetes montando bestias jorobadas, tortugas de madera dirigiéndose hacia el oeste.

-¿Y el “Sombra Espumosa”? – Preguntó Lacros, cansado de los rodeos

-No ha llegado. Se supone que llegaría ayer, pero algunos dicen que encalló. Otros dicen que trae a un brujo del este, de más allá del mar. Que el señor de las nubes nos proteja si es así.

Lacros dejó el caballo en el establo de la taberna más cercana. Dentro de la taberna olía a cigarros y cerveza pasada. Era temprano y por eso aún se mantenía silenciosa, pero en unas horas más, cuando los marineros salieran de los barcos, la taberna se llenaría de prostitutas y borrachos.  En un rincón de la oscura sala principal, una anciana fumaba una pipa lentamente.

-¿Qué necesita? – dijo con voz parecida al rechinar de la puerta de entrada.

-Algo para beber y fuego – Afuera hacía frío.

-¡Hugo! – Gritó la anciana y enseguida un enorme gigante de más de dos metros, ancho y sonriente apareció detrás de la barra – Sírvele al caballero.

El gigante, sin dejar de sonreír, sirvió un tarro sin decir una palabra. Lacros lo tomó y se sentó en la barra. Se preguntaba qué habría pasado con el barco. Sentía la inquietud en el pecho, al pensar que no podría cumplir con los planes de Unojo. No tenía claro si aquel sentimiento era por comenzar la búsqueda de Zagal , o por extraño que le pareciera, decepcionar al viejo.

-Algo le preocupa joven – Dijo de pronto la anciana.

-El barco – murmuró sin pensar.

-El  “Sombra Espumosa” viene en camino – dijo la anciana entre el humo.

Lacros la miró de inmediato.

-Así es que usted es el jovencito que el viejo Unojo eligió – La anciana dio un salto y se puso de pie. No era más alta que una mesa.

-Sí, Unojo me envía.

-Meter a un alguien tan joven y guapo como a usted en esta empresa es una crueldad – dijo la vieja mientras se acercaba – Unojo debe estar desesperado por encontrar a Zagal. Dígame, ¿Usted conoce al objetivo?

-¿El objetivo? ¿Zagal? – Lacros dudó un instante, pero la vieja se acercaba – Si, lo conozco bien.

-Eso quiere decir… - la vieja se detuvo – que Unojo encontró al indicado, ¿Es usted Lacros, la espada juramentada?

-Así es – Hacia años que nadie lo llamaba Espada Juramentada.

-Qué alegría pues, entonces el “Sombra Espumosa” ya puede atracar.

La vieja se sentó junto a Lacros. Fuera del humo, se podían distinguir sus orejas grandes y su nariz puntiaguda, el cabello totalmente blanco y tomado en un nudo sobre la cabeza. Las arrugas le poblaban la cara, haciéndola un mapa de ríos en el tiempo. Tenía los dientes amarillentos y los labios delgados y secos. Puso su mano arrugada y delgada sobre la de Lacros.

-Balum siempre estuvo tan orgulloso de ti – le dijo la anciana.

La noche era estrellada y la carreta del herrero bajaba a saltitos por los adoquines de las calles de los puertos Grises. Lacros dormía en la parte de atrás, entre las herramientas, envuelto en una fina capa de lana nueva. Balum detuvo la carreta en la puerta de una taberna. Lacros seguía durmiendo.
La puerta de la taberna se abrió y una mujer de baja estatura, orejas grandes y nariz puntiaguda pero con algo atractivo, salió apresurada pero en silencio.  En sus manos llevaba una carta.

-Balum – susurró y abrazó al herrero – La carta llegó ayer, el otro niño ya está en el castillo.

-Entonces Lacros debe partir mañana mismo, si tenemos suerte llegará a tiempo.

-No le dejes las cosas a la suerte – dijo la mujer mostrando una sonrisa.

-¿Cuál es el plan?

-Debe partir ahora mismo.

-Pero… - El herrero miró la carreta.

-Te encariñaste con él, Balum.

-Es un buen niño, aun cuando ha pasado por tanto, es un buen niño.

-Por eso debe irse hoy, el barco lo espera.

La mujer entro y salió de la taberna. Le entregó a Balum un saco cerrado. Adentro tenía ropa y comida. Balum se subió a la carreta y la hizo avanzar hasta quedar frente a un barco. El barco era pequeño, pero se veía confiable, estaba pintado de negro y en el mascarón tenía una mujer con los pechos al aire, el pelo al viento y una máscara tapándole la cara. “Sombra Espumosa” estaba escrito a los costados de la mujer desnuda.

Balum subió primero el saco y un barril con cerveza que se lo entregó al capitán, un hombre de cabello largo y negro, con un parche en el ojo y la barba larga y delgada. Ni siquiera se saludaron, actuaban como si hubiesen estado todo el día juntos. Balum tomó con cuidado a Lacros que aun dormía enrollado en la capa de lana blanca, y lo dejo en un camarote pequeño pero acogedor. Lacros no se despertó. Al final, Balum le pasó una espada al capitán.

-Entrégasela apenas despierte.

-Como tú digas, mi amigo – Respondió el capitán con acento extranjero.

Lacros abrió los ojos. Miró por la ventana de piedra y se sintió desamparado. Buscó a Balum por toda la extraña habitación. Se bajó de la cama y cuando iba a abrir la puerta, entró un hombre alto, de pelo largo y negro, como su barba y con un parche en el ojo.

-Pequeño – dijo con un extraño acento – Balum te dejó esto.

El hombre le entregó una carta y una espada. Los ojos de Lacros se llenaron de lágrimas y el hombre se arrodilló para abrazarlo. Le explicó que Balum no podía venir con él.

-¿Dónde estoy? – preguntó sollozando.

-En el castillo de Azul, la capital del Antiguo Reino de Eris.

martes, 5 de febrero de 2013

CAPITULO II : EL RUBY


- ¿Unojo era bueno abuelo?

- Difícil saberlo.  Pero Lacros tenía más motivos para aceptar. Más que la venganza, Lacros buscaba respuestas…

“Lacros caminaba sin prisa por el camino de los antiguos reyes, en dirección a los puertos Grises. Llevaba al caballo de las riendas detrás de él. A su lado caminaban Gaudo y Skairs. Ambos lo acompañarían solo hasta el próximo pueblo, luego el viaje dependería de Lacros.  Skairs solo observaba el camino y avanzaba, pero Gaudo masticaba maldiciones en voz baja con cada paso.

-¿Todos buscamos a Zagal? – Le preguntó Lacros a Unojo antes de partir.

-Sí, todos nosotros, pero cada uno por un camino distinto. Algunos solo buscaremos información y los mantendremos al tanto de todo.

-¿No es mucha gente para detener a un solo hombre?

-Conoces a Zagal mejor que nadie, muchacho. Si mal no recuerdo a ti ya se te escapó una vez. Además, es seguro que no estará solo.

-Usó trucos sucios…

Zagal sacó la espada ensangrentada del rey.  Lacros,  alterado al ver muerta a la princesa, atacó sin pensar. Zagal esquivó cada uno de sus movimientos. Lacros luchaba contra su ira y contra Zagal, estaba confundido y distraído. Zagal había entrenado junto a él desde pequeños. Juntos se transformaron en guardias del castillo Azul; y juntos habían sido nombrados guardia real. Fueron compañeros; y lucharon lado a lado hasta la batalla de los campos Ruby.

-Que estuviera en pie y que asesinara al rey y a su hija fue el más sucio de sus trucos – Dijo Unojo – Zagal ya no es cualquier hombre.

-Lo sé, yo lo vi – Respondió Lacros en voz baja.
Cuando ya habían llegado al pueblo, Skairs automáticamente descargó su mula y su caballo y comenzó a armar un puesto de venta de frutas. Gaudo lo ayudaba sin dejar de murmurar maldiciones contra Lacros.

-Debe ser difícil vender frutas sin lengua – Dijo Lacros.

-Es solo una fachada – ladró Gaudo – Será mejor que tú te largues. No sé qué tendrás de especial para que Unojo te envíe directamente con Zagal.

-Pregúntaselo a tu oreja – Respondió Lacros mientras se retiraba.

Gaudo quedo a su espalda, ladrando maldiciones, pero Lacros no prestó atención. Caminó hasta la salida del pueblo. Si se daba prisa, en dos días llegaría a los puertos Grises.
Subió a su caballo y comenzó a cabalgar, primero a paso lento. Acariciaba el cuello del caballo y le susurraba al oído, palabras que alguna vez aprendió de viajeros de otras tierras. Las palabras hacían al caballo entrar en confianza con él y cabalgar más rápido.
Salió de la arboleda y comenzó a cabalgar por un campo enorme. Solo las montañas a más de tres días desde donde estaba interrumpían la vista. Algo le parecía conocido de aquel campo, pero no podía encontrar qué.

-¿Qué ocurrió en los campo Ruby?  - Le preguntó Vetrz a Lacros mientras Unojo y Gaudo cargaban el caballo.

-Murieron muchos que no debieron – Respondió seco Lacros.

-Según los libros, fue allí en donde se decidió la victoria del antiguo reino sobre la revolución.

-Se decidió mucho más que eso…

-Pero luego con el extraño asesinato del Rey y de su heredera, la revolución tomó el control de la región y con él, todo el Antiguo Reino Azul.

-Y el castillo Azul se derrumbó y la guardia del rey quedó en la calle – Respondió Lacros alejándose.
Unojo se acercó a Vetrz.  Lacros tomo distancia del grupo.

-En los campo Ruby murieron hombres buenos Doctor – Le dijo Unojo a Vertz – Lacros fue uno de ellos.

Lacros continuaba cabalgando y el sol seguía bajando con rapidez. El campo se quebraba de repente, bajando en un valle profundo alrededor de un río rojizo, conocido por los locales como el Brazo Ruby. Lacros recorrió los campos Ruby sin darse cuenta hasta que llego al río, pero por mucho que odiara estar en ese lugar, ya era tarde para regresar al pueblo anterior. El Antiguo Reino había cambiado mucho desde que la Revolución lo tomara y lo despedazara en miles de pequeñas provincias. Solo habían pasado veinte años.
Lacros bajó por el valle con el caballo detrás. Buscó un lugar cerca del río y montó su campamento. Mientras construía su refugio, miraba el cielo con recelo. En cualquier momento oscurecería y odiaba la noche. Más estando cerca del Ruby.

Juntó agua en un balde de madera y la dejó cerca de su caballo, luego se metió en su tienda y sacó un pellejo de vino fuerte y un trozo de carne seca. La fogata era lo único que sonaba afuera. Estaba a punto de cerrar los ojos cuando sintió ruidos. Tomó su espada y salió. No veía al caballo por ningún lado. El Ruby corría tan lentamente que ni siquiera se escuchaba. Estaba tan oscuro que parecía ser una noche sin luna.

Vio un resplandor azul entre los matorrales. Se comenzaron a escuchar pisadas, cientos. Se sentía rodeado. De pronto, las orillas del Ruby estuvieron plagadas de resplandores. Se comenzaron a escuchar los gritos de los guerreros y de las espadas. Uno de los guerreros espectrales atacó a Lacros. Con dificultad evadió el golpe. Unos metros más allá lo vio. Era Zagal, observando la batalla desde arriba de una roca en la orilla. Confundido, se levantó y se abrió paso a golpes de espada hasta Zagal. Cuando estaba a unos pasos, gritó.

-¡Zagaaaaaal! – la ira se escuchaba en su voz.

Zagal se dio media vuelta y lo miró.

-Te lo dije Lacros, el Ruby está maldito, quien muere en él luchará por siempre. Las aguas del Ruby son la sangre de los guerreros de antaño.

Un espectro se acercó a Lacros. Este extendió su espada y comenzó a luchar, siempre intentando llegar hasta Zagal, pero cada vez que lo intentaba, un grupo de espectros lo repelía hasta las orillas. Algunos caían al río y otros peleaban contra otros espectros. Miraba los rostros de los muertos, algunos los había conocido. Zagal lo observaba desde lo alto de una roca y reía.

-¡Nos traicionaste! – Gritó Lacros – ¡Eras mi hermano y me traicionaste!

-¿Yo soy el traidor? – Dijo Zagal bajando de la roca – Fuiste tú el que me abandonó a la orilla del Ruby. Tú me dejaste morir.

-Sobreviviste – Respondió Lacros sacándose de encima a los guerreros – Desapareciste, busqué tu cuerpo. Luego, apareciste en la sala del rey. Prometiste cuidarla.

-¡Tú prometiste cuidarla Lacros! – Gritó Zagal – Ella te eligió a ti, no a mí.

Un espectro derribó a Lacros. Zagal puso su pie sobre el pecho de Lacros y levantó la espada.

-Tú fallaste – Dijo Zagal.

Lacros abrió los ojos. Seguía en la tienda. El pellejo de vino estaba vacío.  El Ruby corría con calma y su caballo estaba donde lo había dejado. El sol casi salía, en el cielo no quedaban estrellas. Desarmó el campamento y cargó nuevamente su caballo.

jueves, 31 de enero de 2013

CAPITULO I : UN SACO CON AGUA.


-No puedo dormir abuelo.
-¿Necesitas un cuento, Alejandrita?
-Ya!!
-Arrópate bien que hace frió. Ese día igual hacía frío… mucho frío…

“La princesa Ania estaba tendida boca abajo en el piso de mármol. Su cabello naranjo se llenaba del carmesí de la sangre que manaba de su vientre abierto. Zagal, con la espada manchada al igual que su honor, sonreía junto a ella. Los bellos ojos azul cielo de la princesa Ania se habían apagado y el siguiente era su padre, que estaba arrinconado como un ratón. Cuando Zagal se acercó hacia él espada en mano, Lacros abrió la puerta de golpe.

Abrió los ojos, un nuevo día después de la pesadilla recurrente. El día que falló y que jamás lo dejara de perseguir. El vino había sido suficiente para dormir, pero no para olvidar.
Estaba sentado en el piso de la taberna. Ya había amanecido. Tenía la espalda apoyada en el muro y en su mano aún tenía el tarro con restos de vino dulce. Unas noches era vino, otras era cerveza. Tenía la desgarrada capa de lana enrollada para protegerse del frío. No recordaba como llego al piso.  Se intentó levantar pero la cabeza le pesaba. Necesito tres intentos y solo duro unos segundos de pie antes de sentarse en el banco de madera de la barra.  No alcanzo a pedir el primer tarro de cerveza cuando una mano enguantada le tocó el hombro. No giro la cabeza, pero hizo un ademan de atención.

-¿Eres Lacros?

-No, no soy nadie

-Es él – dijo el cantinero.

El hombre no sacaba su mano del hombro de Lacros. Era un hombre alto y robusto, totalmente calvo, pero con un espeso y largo bigote negro y las pocas cejas que tenía, arqueadas en una mueca de constante enojo. Lacros volvió su mirada al mesón.

-Vamos, te quieren ver.

Lacros saco un cigarrillo de su bolsillo y lo dejo un momento entre sus labios. Tenía la boca seca y pastosa. Acerco una vela y prendió el tabaco.

-¿No me escuchaste? – Dijo el hombre calvo – Nos vamos.

El hombre intento sacudir a Lacros, pero antes de que se diera cuenta, su oreja cayó al piso y el filo de la daga de Lacros estaba manchado con su sangre. El hombre retrocedió gritando e intentando detener la hemorragia con las manos. Lacros se volvió a sentar, pero al instante sintió un fuerte golpe en la cabeza y el mundo se apagó.  Despertó respirando agua, con la cabeza envuelta en un saco de harina. Tenía las manos amarradas y el torso desnudo. Lo levantaron y el aire entro rápidamente por su nariz y boca mientras le sacaban el saco. Cayó de lado tosiendo y retorciéndose. 

-No fue muy amable lo que le hiciste a mi buen amigo Gaudo – Dijo una voz ronca y raposa. 

Lacros intento abrir los ojos. Diferencio cinco sombras. Tres corpulentas y dos delgadas. Una de las corpulentas goteaba agua de sus mangas y otra, tenía una venda en la cara. Una de las delgadas se reía. La última de las sombras corpulentas se acercó y el mundo se aclaró un poco más. El, un hombre viejo, pero fuerte, con los brazos anchos y musculosos, un guerrero tal vez. Tenía el pelo delgado y escaso, hasta los hombros, blanco como su profunda barba. Aun así, parecía arreglado y limpio. En vez de ojo izquierdo tenía una cicatriz violácea, con una línea que iba desde la sien hasta el comienzo de la mejilla.

-No es forma de tratar a tus nuevos compañeros de trabajo – Dijo el viejo de voz ronca.

- Unojo, déjame cobrar venganza, déjame sacarle la oreja a este bastardo – Grito desde atrás el que parecía llamarse Gaudo, el hombre calvo.

-Si te sacó una oreja sin que te dieras cuenta, no la merecías – Dijo entre risas uno de los delgados.

-¡Dejen de pelear! – Grito el viejo – Deben dar una buena primera impresión a su nuevo compañero.

-No soy compañero de nadie – Jadeo Lacros.

Todos rieron, menos Lacros.

-Veras muchacho – Comenzó el viejo – Se quién eres y sé que ocurrió; y no te mentiré, necesito a alguien como tú. Fue difícil encontrarte y sabía que sería difícil convencerte, pero la oreja de Gaudo es un pequeño precio. Eres un hombre entre pocos Lacros y tu habilidad es impresionante, pero no eres el mejor. Te has descuidado, pero al menos no tanto para que me seas inútil. Muchos dirían que el antiguo reino cayo por tu culpa, pero yo sé que no es así, yo sé quién es el culpable y busco lo mismo que tu…

-Yo no busco nada – Interrumpió Lacros.

-Claro que no – El viejo se le acercó al oído – Yo sé dónde está Zagal.

Lacros abrió los ojos y miro al viejo. De un movimiento se sentó y de otro, se puso en pie. El viejo le desato las manos.

-Te escucho – Le dijo Lacros sobándose las muñecas.

-El muy bastardo de tu amigo es difícil de encontrar, pero yo le seguí la pista. En este momento debe estar tomando un barco al oriente, por las nuevas rutas de comercio. Mis informantes me han dicho que planea ir a un lugar llamado Valle de Jade.

-¿Qué quieres de él? ¿Por qué lo buscas?

-Digamos que no cumplió su parte del trato.

Lacros observo al grupo. Todos parecían seres extraños. Estaba el enorme hombre calvo y a su lado, un gigante de cabello largo y rubio, con una espesa barba teñida azul en las puntas y un tatuaje rojo bajo el ojo derecho, en forma de olas. Uno de los hombres delgados era bajo y lampiño, su rostro era blanco y sin gracia, parecía más uno de los antiguos alquimistas, que la ley del señor de las nubes quemo hace cientos de años, que un guerrero. El otro era alto y escuálido. No dejaba de sonreír. Llevaba el pelo hacia atrás, tomado por un cintillo grueso. Posiblemente un ladrón o un asesino. Tenía dagas pequeñas en todo el cinturón, a los lados de las botas y en las mangas del chaleco de lana.

-¿Qué quieres que haga? – Dijo Lacros, sin cambiar su expresión vacía.

-¡Eso es! – Grito el viejo – Que bueno que aceptas. Solo necesito que le sigas el rastro a Zagal y me lo traigas. Yo arreglare mis cuentas con él y luego podrás hacer lo que quieras con el bastardo. Un barco te espera en los puertos Grises. Zarpara en una semana. En el establo de la taberna donde estabas desperdiciando tu talento hay un caballo para ti. El capitán del barco sabe que llegaras con él y le dará espacio también al caballo. El barco se llama “Sombra Espumosa”.

-¿Cómo sabias que aceptaría? – Pregunto Lacros - ¿Cómo sabes que no tomare el caballo y el barco y no me volverás a ver?

-Te dije que te conozco, muchacho – Dijo el viejo tensando la cicatriz del ojo – Y sé muy bien que no me engañaras.

Lacros miro con desconfianza al viejo y luego a sus compañeros. Estiro la mano y el viejo le dio un apretón fuerte y firme.

-Es un trato – Dijo el viejo en voz alta – Al calvo ya lo conoces, su nombre es Gaudo. El de su lado es su hermano, Skairs. Es algo callado desde que perdió la lengua. La rata que sonríe es Airs. Revisa tus bolsillos cada vez que te salude. Y él es el doctor Barion Vertz, más conocido como el carnicero Vertz.

-Es un gusto – Dijo Barion, con voz temblorosa y tímida – Sera un gusto trabajar con usted señor Lacros.

- Y a mí me llaman, Unojo, no creo que tenga que explicar porque – Dijo al final el viejo – Bienvenido a la familia muchacho.